jueves, 17 de marzo de 2016

Viendo la película “Seppuku” (“Harakiri”), de Masaki Kobayashi


Aunque en España decimos harakiri, el ritual por el cual los samuráis se suicidaban por honor se denomina seppuku. Abrirse el vientre con un cuchillo para que salgan las tripas y luego esperar a que le corten la cabeza es un acto que, a vista de los tiempos actuales, puede parecer lleno de crueldad pero que, en la mística de los guerreros feudales japoneses, era una cuestión de máximo nivel y entereza. Incluso en tiempos contemporáneos, el suicidio para los nipones es una solución hinchada de honor. Ejemplos como los del escritor  Mishima (que se practicó el seppuku) o los kamikazes en la Segunda Guerra Mundial son algunos de los más famosos. Por cierto, kamikaze significa ‘viento divino’, tal y como podéis leer en este enlace.

Kobayashi, en esta película de 1962, realiza una crítica durísima a todo el sistema de guerreros feudales, a su código, a la hipocresía, a la situación de los samuráis que vagaban en la pobreza en un régimen en decadencia allá por el siglo XVII. En época de paz, el samurái tenía poca razón de ser y los clanes se iban disolviendo. Situada en  este contexto, la película desarrolla el siguiente argumento:
Un samurái o, mejor dicho, un ronin, porque no tiene señor al que servir, se presenta en la casa de un poderoso clan con la idea de pedir permiso para practicarse el seppuku. Antes contará su historia, un relato lleno de dureza sobre su hija, su nieto y su yerno.

Como no quiero desvelaros nada del desenlace, sólo diré que la película es tan bella como demoledora. Con un sentido estético increíble, el film se desenvuelve poniendo en cuestión todas las normas que, supuestamente, eran el código que regía la vida de un samurái. ¿Está antes la humanidad o el honor? ¿Está antes la defensa de la familia o cumplir con el bushido? Las anteriores son reflexiones que te planteas cuando terminas de ver la película.
Kobayashi no sólo realizó una obra que habla de samuráis: puedes verla como antimilitarista, pro justicia social o, simplemente, como un canto a la humanidad por encima de códigos estrictos que, a priori, pueden parecer irracionales.

El final de la película, apoteósico a mi modo de ver, te dejará ese sabor agridulce en la boca: dulce por ver tanta belleza; agrio por conocer el fin de una historia impactante.


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