martes, 13 de mayo de 2014

Reseña de “Cujo”, de Stephen King



En una entrevista que le hicieron hace tiempo al famoso Stephen King, éste confesó que tuvo verdaderos problemas con el alcohol y las drogas en sus comienzos como novelista de éxito.  El escritor estadounidense  llegó a estar tan mal que había una novela, Cujo, que ni siquiera recordaba haber escrito.
Cujo es un noble San Bernardo, bonachón y enorme, que un día contrae la rabia como consecuencia de una mordedura de murciélago. Poco a poco se va desquiciando hasta que, un día,  el mal que lleva dentro se desata y empieza a matar a gente. Pero la novela va más allá  -como ya nos tenía acostumbrados King en otras obras como El resplandor- del puro terror. El autor va tejiendo una serie de personajes cuyas vidas son bastante penosas y que terminarán, como si una mano del destino las guiará, encontrándose cara a cara con el desastre.
Para empezar, el dueño de Cujo es un mecánico alcohólico que maltrata a su mujer, pero que es idolatrado por su hijo, verdadero cuidador del perro. Por otro lado, Tad, un niño pequeño que dice ver un monstruo en su armario, tiene unos padres que viven una tremenda crisis. Vic, su padre, tiene problemas con la empresa de publicidad en la que trabaja: unos cereales que anunciaba contenían, por error, un tinte rojo provocando la sensación de que la gente que los comía sangraba por la boca. Además, su mujer le ha sido infiel con una especie de poeta que arregla muebles y que no acepta que ella pretenda dejar la relación extramatrimonial.
El pueblo en el que viven los personajes, CastleRock, vivió antes de que Cujo contrajera la rabia, mucho antes, un macabro caso relacionado con un asesino en serie. Así, flota siempre en el ambiente el hecho de que Cujo pudiera ser la reencarnación de ese mal, aunque, al final, cuando terminas la novela, sólo se da a entender que todo fue producto de la rabia. Pero, ¿y el monstruo que veía Tad en su armario? ¿Era real?, ¿era imaginación? Hasta los padres llegaron a preocuparse al notar extraños pero casi imperceptibles sucesos en la habitación del hijo.
Con unas descripciones tan exhaustivas que parece que te imaginas lo que pasa con un realismo enorme, leer a King, en mi opinión, es sinónimo de pasar un rato de entretenimiento asegurado. Y miedo, a veces mucho miedo.


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