lunes, 17 de marzo de 2014

Leyendo “América”, de Rudyard Kipling



Mucho conocemos de la historia de EEUU. Al fin y al cabo, el cine se ha encargado de que sepamos más de los indios y vaqueros -la versión oficial, claro- o de la guerra de secesión, que de nuestra propia historia. Sin embargo, lo mejor de lo que acontece a lo largo de los siglos es la forma en la que la que escritores e historiadores se hacen eco de cada detalle.  


Este es el caso de Rudyard Kipling, uno de esos escritores que todos conocimos en la infancia   -lecturas obligatorias de colegio que no sé si perduran-, que en un interesantísimo libro titulado “América” recoge su crónica viajera a través de Norteamérica. Se trata de relatos que escribió, como bien se explica en el prólogo, para un par de periódicos con los que colaboraba en la India. Con un acentuado sentido de la ironía, pero presa de los típicos prejuicios que un inglés podía tener en 1889, Kipling va haciendo un retrato de esta tierra entre la literatura de viajes y la crónica social.


El autor nos hablará de los americanos, de sus paisajes, de la política, del culto al dinero (en América el dinero lo es todo, dirá el autor inglés al final de uno de sus capítulos), de la democracia, de las mujeres y sus ansias de independencia, de la multitud de etnias y razas que convivían en el país (pone verdes a los irlandeses, por ejemplo, e incluso vive una situación de violencia en el barrio chino de San Francisco, en el que es testigo de un tiroteo) y, sobre todo, de la libertad, quizás el valor  supremo en EEUU. Todas estas piezas narrativas se van configurando para cerrar un puzle de gran valor.

Tampoco podemos olvidar la violencia y la posesión de armas, aspecto que el autor describe de forma sutil al decir que “el cincuenta por ciento de los hombres que hay en las tabernas lleva pistola”, y, además, critica que la prensa -cuya calidad, según el joven escritor, es ínfima- sólo se hace eco de la violencia cuando no afecta a “irlandeses o californianos de nacimiento”, los cuales, según él, son de gatillo fácil. Además, eso de liarse a tiros es transversal a todas las clases sociales, lo que horroriza a Kipling de forma constante.


Para nuestro narrador  la política en EEUU y su lema de “un hombre, un voto” es un nido de corrupción y compra de voluntades. También es cierto que considera la mala educación de muchos de los americanos como fruto de este concepto de “libertad”, y dirá incluso, en uno de sus viajes en tren lleno de “niños malcriados, mimados y molestos”, que estos  ocuparían puestos de responsabilidad con una visión nefasta de la ley algún día. 


El abanico de personajes con los que se encuentra el viajero inglés no tiene desperdicio. Un conjunto de voces que nos ayuda a entender mejor cómo se construía -burbujas inmobiliarias incluidas- a finales del siglo XIX la que en un futuro sería la nación más poderosa de la Tierra, un lugar lleno de individuos con “acento raro” que criticaban a Inglaterra y a los que, a diferencia del hombre sensato, “no les gusta beber en las comidas”.


Su descripción de los paisajes me ha parecido sublime. Cómo no quitarse el sombrero ante palabras como éstas: “Entonces el paisaje empezó…como a brotar con esa insensata profusión con la que la naturaleza, cuando quiere ser amable, sólo consigue ser opresivamente majestuosa”. Bellísimo. Incluso cuando no le gusta lo que ve, las descripciones son magníficas.


San Francisco, Seattle, Yellowstone (cuyos parajes y masas de turistas no gustan al joven escritor), Chicago… Pero también Vancouver fue destino del viaje, pues no sólo de EEUU se configura Norteamérica. Canadá es un país naciente por esa época y de necesaria visita. Vancouver se sitúa en la “Columbia Británica”, la provincia más occidental de Canadá. Los edificios aún no disponían de la bandera de Canadá, inexistente por entonces, y eso le recordará a Kipling su madre patria, puesto que será la “Union Jack” o bandera inglesa la que ondeará. Otro elemento a tener en cuenta es cómo se van reflejando por parte del autor las diferencias entre el Este y el Oeste de EEUU, sobre todo a través de sus habitantes y sus opiniones y comentarios.


Una de las partes que más me ha llamado la atención es la descripción que se hace  de una celebración del 4 de julio, con sus cánticos nacionales y sus autoalabanzas teñidas de religiosidad y euforia patriótica (pág. 183 y ss.). 


Al fin y al cabo, Kipling termina queriendo a estos habitantes norteamericanos: “No haya malentendidos al respecto. Amo a esta gente, y si alguna crítica despectiva ha de hacerse, seré yo quien la haga” (pág. 259). Desde luego, la crítica la hará, porque los calificar de brutos, vulgares y anárquicos, pero se ve que algo enamoró a este joven escritor ya que, a pesar de la visión tan negativa que los ciudadanos de EEUU le provocaron, llegó, como bien dice él mismo, a amarlos (aunque las comparaciones con Inglaterra o con su India natal son constantes).


Hay tanto en el libro que me gustaría comentar -como la descripción que hace de Chicago, escena que me provocó la risa  por cómo se  toma el hombre la ciudad tan horrible que, según él, ve-, pero tan poco espacio, que es mejor ir acabando este análisis y que leáis vosotros mismos el libro. Lo que más me ha gustado, lo digo por lo majestuoso de la escena, han sido las últimas páginas de libro. En ellas, Kipling se encuentra nada más y nada menos que con Mark Twain. Hablarán de derechos de autor, de libros y de la vida en general. ¿Cómo reaccionaríais  si os  encontraseis con vuestro escritor favorito?  Eso se lo pregunta también Kipling. La conversación  se acaba, junto con el libro, dejándote esa sensación que sólo tienes cuando disfrutas de un libro: una leve tristeza por terminar con una lectura tan entretenida. Desde ahora empezaré a leer más libros de viajes… y más obras de Kipling.



Ficha técnica del libro




Editorial: Pre-Textos  
ISBN: 978-84-15576-92-1
Nº de edición:
Encuadernación: Cartoné  
Formato: 20x13 cm  
Páginas: 360



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