domingo, 15 de diciembre de 2013

Leyendo a John Connolly: “Todo lo que muere”




“…pero tenía la sensación de que el mundo estaba fuera de quicio
y nada encajaba en su lugar”.

 “Todo lo que muere” es la primera novela del escritor John Connolly protagonizada por su ya  famoso personaje principal, Charlie Parker. Parker, apodado “Bird” -como el famoso músico de jazz-, es un policía alcohólico que un día vive una de las experiencias más trágicas por la que puede pasar una persona: su mujer y su hija son brutalmente asesinadas. Aunque intenta salir como puede del agujero en el que se encuentra, el destrozado agente es apartado del cuerpo de policía, obligado así  a investigar por su cuenta casos de poca monta. Es curioso cómo la gran mayoría de detectives privados o miembros de los cuerpos de la ley que protagonizan este género literario son personas trágicas, con problemas de alcoholismo o drogadicción, que viven entre la tristeza y la lucha contra el crimen. Supongo que alguien que vive viendo asesinatos y demás casos tenebrosos termina siendo permeable al lado oscuro y salvaje de la vida y  tampoco podemos esperar que sea la alegría de la huerta.

La novela tiene dos tramas independientes. Por un lado, Parker investiga la desaparición de un niño que jugaba a las puertas de una extraña fundación, y que estará vinculado a otras desapariciones; por otro,  investiga al asesinato de su familia. 

El primer caso llevará a nuestro protagonista a un extraño pueblo, Heaven, en el que hace muchos años ocurrieron unos brutales sucesos: los asesinatos  de varios niños. Este homicidio está vinculado con varios miembros de un clan mafioso, y esto hace que Charlie Parker tenga a la policía y al FBI pisándole los talones. Pero descubriendo al asesino de los niños y solucionando el caso de la desaparición anteriormente citada no terminará el misterio. Todavía falta saber quién mato a su esposa y a su hija, ya que, estando en su habitación, Parker recibe un paquete postal con la cara de su hija metida en un tarro. El asesino, un brutal y despiadado loco que descuartiza y mutila a sus víctimas, será conocido como “El viajante”. No me digáis que no es un nombre que pone los pelos de punta.

Evidentemente no os voy a contar el final, pero “El Viajante” utiliza un ritual muy metódico basado en antiguas escrituras y, claro, no os podéis ni imaginar quién puede ser el asesino.
Connolly utiliza un estilo narrativo lleno de ironía y de acción.  Desde luego, sus descripciones de tiroteos y peleas te trasladan a una auténtica película de acción. También creo que a este escritor le  gustan los gimnasios porque, cuando  describe  a sus  personajes,  la musculatura es algo en lo que se centra mucho. Por supuesto, no podía faltar un gimnasio en el desarrollo de la trama.
Otro elemento destacable de la novela  es el abanico de personajes secundarios que aparece: policías, mafiosos, asesinos, ladrones, científicos, videntes, abogados, lugareños de un pueblo extraño, culturistas… A veces me perdí un poco con tantos protagonistas parecidos, pero luego todo va encajando como si fuera un puzzle.

Ficha del libro:
Título: Todo lo que muere
Autor: John Connolly
Editorial: Maxi Tusquets.
Nº de páginas: 424

sábado, 16 de noviembre de 2013

DIARIO DE VIAJES: RECORRIENDO LA PENÍNSULA IBÉRICA (tercera parte de tres)



Perdonad la demora a la hora de volver a escribir en este blog, pero es que ando metido en mil y un proyectos que me tienen demasiado ocupado. Vamos a por la tercera parte de mi viaje veraniego.



PARTE 3 DE 3
Séptimo día: de Santillana del Mar a Logroño
Tras terminar nuestra estancia en Santillana del Mar, nos dirigimos a Logroño, la capital de la comunidad autónoma de La Rioja. No hay ni que decir que el paisaje característico de La Rioja son los viñedos. La cultura del vino no sólo ha generado una industria vinculada a su creación y comercialización, sino que, además, ha fomentado un tipo de turismo muy característico denominado “enoturismo”. Muchas de las bodegas que os podéis encontrar por la carretera son auténticos museos dedicados a esta bebida.

Tras llegar al hotel, nos preparamos y salimos a dar una vuelta. Adentrándonos en las calles principales, pudimos ver decenas y decenas de bares. Cada establecimiento está especializado en un pincho, por lo que te puedes ir moviendo de bar en bar sin necesidad de apalancarte en uno toda la tarde. Las calles más afamadas para tapear son la del Laurel y la de San Juan.
Tras la comida, descansamos un rato y fuimos a darnos un paseo por la ciudad para ver más de ella. Entre sus calles, nos fuimos cruzando con una cantidad nada desdeñable de peregrinos que, en su trayecto por el camino de Santiago, decidían detenerse en la capital de la Rioja.
Por la noche pudimos disfrutar de tapas -al medio día comimos en un  restaurante- de  lo más diversas: champiñones, jamón, croquetas, etc. Un gusto para el paladar. Pero necesitábamos más condimento y terminamos de nuevo en un restaurante fantástico donde pudimos comer y charlar cómodamente.

Octavo día: de Logroño a Vitoria-Gasteiz
A la mañana siguiente decidimos hacer una breve excursión  a Vitoria-Gasteiz, ciudad que no queda muy lejos de Logroño y que nos apetecía ver. Vitoria es una ciudad fantástica, deslumbra su limpieza y la cantidad de zonas verdes, pero lo que nos supuso una auténtica aventura fue la visita a su catedral.

La catedral de Vitoria está siendo restaurada, por lo que se tiene que pedir cita previa para poder visitarla. Una vez estás dentro, te colocas tu casco de obra -normas de seguridad- y empiezas un trayecto fabuloso. Deambulando por las entrañas de la catedral, la persona que nos guiaba nos explicaba, con alta capacidad pedagógica, no sólo cómo se estaba restaurando el edificio, sino como fue construido. Subimos, bajamos, anduvimos de un lado a otro… Parecía que ningún secreto sobre la construcción de la catedral se iba a quedar sin desvelar. Una vez en el campanario, ver la ciudad desde las alturas es una postal digna de ser recordada.

Tras la visita, nos deleitaron con una representación electrónica-cinematográfica  sobre cómo se fue utilizando el color en la pintura que cubría las esculturas y relieves del pórtico. La performance -llamada “Pórtico de la luz”- es bastante aclaradora, puesto que siempre he considerado que las catedrales eran algo sobrio con poco color. Nada más lejos de la realidad: cada época utilizaba colores muy vivos, pero que se han ido perdiendo con el transcurso de los siglos (y cambiando a tenor de las modas de cada época, añadiría yo)

Como dato curioso hay que decir que el escritor de best sellers Ken Follet se documentó en la catedral de Vitoria para escribir su libro “Un mundo sin fin”.
A la hora de comer nos detuvimos  en un bar en el que ponían unos pinchos bastante sofisticados. Alta cocina llevada al mundo de la tapa, sobre todo porque nunca había visto un huevo frito dentro de un cuadrado de patata -a mi entender-, que te tenías que comer de un solo bocado si no querías mancharte toda la ropa. Muy rico, hay que decirlo. (no pones el nombre del sitio?)
Una vez nos fuimos de Vitoria-Gasteiz, de camino para Logroño, paramos en una bodega de la Rioja Alavesa (una parte de la provincia vasca de Álava se adentra en la Rioja; a esta zona se la conoce como Rioja-alavesa). Allí, aparte de aprender un poco más sobre la producción del líquido sagrado procedente de la uva, se nos explicó bastante qué criterios se tienen que tener en cuenta para obtener un buen vino. Según nos dijeron, todo es encontrar el equilibrio entre tanitos (taninos??), alcohol y acidez.
Por la noche volvimos a la calle Laurel a tomarnos algo.


Noveno día: de Logroño a San Millán de la Cogolla
En el noveno día de viaje decidimos hacer una excursión a lo que se conoce como la cuna dela lengua castellana o,  por lo menos, el lugar donde se encontraron escritas las primeras palabras en esta lengua. Hablamos de San Millán de la Cogolla. En este pequeño pueblo  hay dos monasterios. Uno es conocido como el monasterio de Suso, que significa “el de arriba”, y otro es llamado  Yuso, “el de abajo”.

El monasterio de Suso se construyó pegado a unas cuevas en las que  el eremita San Millán   estuvo recluido en busca de la paz y la iluminación. Para subir aquí  hay que esperar un autobús que te deja justo en la puerta. Las cuevas están bien, y es de agradecer la explicación del guía turístico.
El monasterio de Yuso fue el lugar donde se halló  un manuscrito con las primeras palabras en castellano. Fue un monje el que en el siglo XI escribió varias glosas (o aclaraciones??) en castellano -la lengua que hablaba el pueblo llano- y en vascuence sobre un texto en latín. Posteriormente será Gonzalo de Berceo el primer poeta en lengua castellana, pero se dirá siempre que fue con este anónimo monje y sus anotaciones cuando surge la primera prueba de la cuna de la lengua. 

En este monasterio pudimos asistir a uno de los recorridos más interesantes, no tanto por lo que vimos, como

por la genial explicación de nuestra guía que, con una dicción más propia de una actriz de doblaje que de guía turístico, nos habló de las raíces del castellano y nos sumergió en un recorrido histórico por todos los avatares que tuvo la construcción del monasterio y su mantenimiento: desamortizaciones, robos, incendios, reconstrucciones, cambio de control por parte de distintas  órdenes religiosas… Toda una aventura.

Además, ese mismo día, estuvimos en Santo Domingo de la Calzada, donde se dice que cató la gallina después de asada.

Décimo día: de vuelta a Granada

El décimo día ya nos volvimos a Granada, no sin antes hacer una parada en la bodega del Marqués de Riscal. La idea de parar se debió sobre todo al interés en ver el edificio que  fue diseñado por Frank Gehry -el mismo arquitecto del  Guggenheim- y que se ha convertido en el símbolo principal de esta bodega. Podéis haceros una idea de lo espectacular que es encontrarte en mitad de un campo de viñedos una fastuosa composición metálica  increíblemente moderna, pero perfectamente incrustada en el paisaje.
Tras la visita y un montón de horas de coche, llegamos a nuestro destino, con esa mezcla de ganas de llegar a casa y la  melancolía típica de quien termina un viaje que le ha gustado. Como siempre, es la esperanza y la ilusión de iniciar un nuevo viaje el que te hace abandonar el desasosiego del fin del trayecto y empezar a planificar otra ruta turística. No obstante, cada rincón que uno visita y que merece la pena es recordado con alegría y emoción.





sábado, 7 de septiembre de 2013

DIARIO DE VIAJES: RECORRIENDO LA PENÍNSULA IBÉRICA (segunda parte de tres)



Cuarto día: de Sos del Rey Católico a Santillana del Mar
El cuarto día de viaje nos dirigimos a Santillana del Mar, en Cantabria. Pero antes hicimos una parada obligada en Bilbao para visitar el Guggenheim. Por desgracia no pudimos ver más rincones de la ciudad vasca, el tiempo apremiaba, pero el museo diseñado por Frank Gehry es auténticamente extraordinario. Aunque las exposiciones que residen en su interior son bastante interesantes, el edificio en sí ya merece la pena. Es increíble cómo la ingeniería y la imaginación humana pueden fabricar con titanio algo tan sorprendente.
Sus exposiciones se dividen entre las permanentes y las itinerantes. De las permanentes me gustó mucho la obra  “La materia del tiempo” . Adentrarte en el interior de cada una de las esculturas te hacía pensar en muchas cosas; a mí en particular, me incitó a reflexionar sobre el agobio que representa vivir pendiente de que el tiempo se te viene encima. Supongo que cada uno tendrá su opinión.

De las itinerantes podías ver la exposición “El arte en guerra, desde Picasso a Dubuffet” (  ), que repasaba las obras de muchos artistas que desarrollaron sus obras durante la segunda guerra mundial.
A eso de las 14:30 subimos al restaurante a tomarnos un refrigerio y comer algo. Luego hicimos una visita a la tienda, en la que compramos una taza estupenda que añadimos a nuestra colección de tazas de viaje.

Por la tarde, alrededor de las 17:00, llegamos al parador de Santillana del Mar. Bueno, a uno de los paradores, porque hay dos. Santillana del Mar es también conocida como “el pueblo de las tres mentiras”: ni es santa, ni es llana, ni está cerca del mar. La verdad es que me sorprendió el ambiente que había. Las calles estaban atestadas de gente y prácticamente en cada esquina había un bar, un hotel o una tiendecita donde comprar algunos productos típicos de Cantabria, como son las anchoas, los sobaos o las quesadas. Todo muy rico, como no podía ser de otra forma.

Quinto día
En Santillana del Mar todavía nos quedamos un par de días más, pero desde allí hicimos algunas excursiones muy destacables. Primero, fuimos a ver la recreación de la cueva de Altamira que se encuentra a pocos kilómetros de la localidad donde nos hospedábamos. La cueva, por motivos de conservación, está cerradas, por lo que se ha realizado una impresionante recreación que no tiene nada que envidiar a la original. Además de ver las famosas pinturas rupestres, podréis adentraros en un museo que explica de forma bastante pedagógica algunas de las características más destacables de nuestros antepasados prehistóricos. A mí me llamó la atención, entre otras muchas cosas, un pequeño gráfico en el que se describe la evolución de la esperanza de vida. Da que pensar.

También aprenderéis  cómo cazaban, vivían y enterraban a sus muertos. Tras visitar el museo y la neocueva, una pequeña tienda os podrá proveer de algún souvenir.
Al medio día, tras nuestra visita a Altamira, decidimos adentramos más en los pueblos de Cantabria. Un bello paisaje lleno de bosques que desembocan casi justo en la playa es una postal que no se suele ver mucho en el sur de España, donde v
ivo. Paramos en San Vicente de la Barquera y, tras dejar el coche en un parking, porque el tráfico era infernal, estuvimos deambulando buscando un barecito donde comer algo. Cómo no, conseguimos una mesa en un bar especializado en pescado, y ahí comimos un poco de todo, desde sardinas hasta boquerones.
La tarde la dedicamos a pasear por Santillana del Mar.

Sexto día
En nuestro sexto día de viaje decidimos acercarnos a ver Santander, la capital de Cantabria. La mañana la organizamos de tal forma que nos diera tiempo a ver lo más destacado, pero también nos llovió un poco y no pudimos ir por la calle tan a gusto como queríamos.
Primero fuimos a un punto de información turística  a hacernos con un mapa y algo de información. De ahí, a ver la casa del erudito Menéndez Pelayo . En ella podréis contemplar una fascinante biblioteca. Antes de adentraros en los aposentos  de este ilustre santanderino, os dejarán ver un vídeo de breve duración que os ayudará a  tener una imagen global de su vida y obra.

Tras la visita a la casa de Menéndez Pelayo, cogimos el coche y nos fuimos a ver el Palacio de la Magdalena. En este edificio se suelen celebrar cursos de verano muy afamados en España, por lo que no pudimos ver el interior de las instalaciones. Lo que sí pudimos es subir andando y disfrutar de los paisajes, sobre todo de la panorámica de la playa de “El Sardinero”. El gris del cielo nublado se mezclaba con un mar oscuro, creando unos tonos más otoñales que veraniegos.

Nos comimos un bocadillo cerca de la playa, que tampoco era del otro mundo, y regresamos rumbo a Santillana del Mar. Por la noche nos desquitamos con la cena y pude disfrutar de unas chuletas con berenjenas la mar de buenas.