domingo, 30 de octubre de 2011

“DEAD MAN WALKING”


La pena de muerte siempre ha sido un asunto polémico, sobre todo cuando la primera potencia mundial, EEUU, cuenta con muchos estados que la aplican. Descartada la silla eléctrica y otras formas de eliminación radical de criminales, es la inyección letal la que se ha decidido extender por razones “humanitarias”. La inyección se basa en la administración progresiva por vía intravenosa de un potente barbitúrico. Como podemos leer en la Wikipedia, “se usan tres sustancias conjuntamente: tiopental sódico, bromuro de pancuronio y cloruro de potasio. El tiopental sódico es un barbitúrico de acción muy rápida que hace perder el conocimiento al preso, la segunda es un bloqueador de placa mioneural no despolarizante, que paraliza el diafragma, impidiendo así la respiración, y el cloruro de potasio despolariza el músculo cardíaco provocando un paro cardíaco”.
Se ha demostrado que con la pena de muerte no desciende el número de crímenes pero, ¿cuál puede ser el principal motivo por el que tenga tanto apoyo en la tierra del tío Sam? Creo que es por un sentimiento de venganza, en la que el estado, como representante ciudadano, expresa más que nunca el concepto de “diente por diente”.
Pero quizás el asunto se complique más.

La genial película “Pena de muerte”, dirigida por Tim Robbins, cuyo título original es “Dead Man Walking”, que se podría traducir como “El corredor de la muerte”, nos plantea el tema de la pena capital desde varios puntos de vista.
El primero es el de una monja, interpretada por Susan Sarandon, que decide ayudar a un preso acusado de violación y asesinato (encarnado por Sean Penn). Sufre por el reo, pero también por la presión de su propia familia que no entiende como una monja puede defender a un asesino.
El condenado, un antisocial redomado, da su visión de los hechos. Su familia está compuesta por dos hermanos más y su madre, todos ellos de extracción muy humilde. La monja intentará que cambie su modo de ver los hechos, que se arrepienta e, incluso con la ayuda de varios abogados, que su pena sea anulada.
Las víctimas asesinadas, un chico y una chica muy jóvenes, a punto de casarse, en un momento de total plenitud de sus vidas y que ven cortados de cuajo todos sus proyectos de futuro, nos trasladan al siguiente punto de vista: el de sus familias. Unos padres destrozados que esperan con anhelo el día en el que se termine con la vida del culpable.
El odio y la venganza los corroen, sobre todo al padre del chico, que termina divorciándose porque su mujer no aguanta la tensión y necesita pasar página.


Robbins nos ofrece un prisma en el que mirar la pena de muerte desde distintos ángulos, entendiendo todas las partes y cuestionándote en ocasiones tus propias ideas. Al final, Sean Penn, atado con innumerables correas en la camilla de la inyección letal, pide perdón y desea que su muerte alivie a los padres de las víctimas. Pero, ¿será así o el odio y la tristeza los seguirá corroyendo por dentro? La película finaliza con la monja intentando ayudar al padre de los chicos, en lo que parece ser un intento desesperado por olvidar, recordar y perdonar.

Una película para la reflexión.

domingo, 16 de octubre de 2011

EL MAL CON CARA DE NIÑO


Uno siempre se imagina el mal con cara de bestia, olor a azufre, cara deformada, cola, cuernos, colmillos exageradamente grandes… o con cualquier otra característica desagradable capaz de provocar más de una pesadilla. Pero lo que nunca se encontraba entre las posibilidades es que el mal tuviera cara de niño.

Hay muchas películas cuyos protagonistas son niños despiadadamente malvados. Hablaríamos, por poner un par de ejemplos conocidos, de “Los chicos del maíz”, película de 1984 basada en un relato de Stephen King, o la genial “Quién puede matar a un niño”, dirigida en 1976 por el maestro Narciso Ibáñez Serrador, director al que admiro y que también nos deleitó con “Historias para no dormir”, serie de Televisión Española emitida a mediado de los sesenta. Los niños, en estas películas, se convierten en unos personajes malévolos, que trasmiten aún más terror al tener una cara de inocencia capaz de neutralizar cualquier intento de combatirlos.

Pero para mí, sin lugar a dudas, hay una película especialmente intrigante, ya que el niño en esta ocasión encarna el mal, pero en ningún momento se ve cómo él lo ejerce del todo. Es más, ese ambiente opresivo a la par que desconcertante que inunda toda la película es el que da auténtico pavor. Hablo de “La profecía”, película de 1976 dirigida por Richard Donner y protagonizada por Gregory Peck.
Este clásico del género del terror nos cuenta la historia de un diplomático estadounidense destinado en Roma al que le comunican que su futuro bebé ha fallecido nada más nacer. Preocupado ante la idea de comunicárselo a su mujer, el sacerdote del hospital en el que está le ofrece la posibilidad de quedarse con un niño cuya madre ha muerto en el parto. Este niño será llamado Damien.

Conforme crece el niño, se van dando una serie de momentos sospechosos, que van definiendo un perfil macabro en la sonrisa angelical del joven Damien. Mientras tanto, un alocado sacerdote intenta advertir al diplomático sobre el peligro. Su hijo es la encarnación del demonio y, tal como dice la profecía, éste se reencarnará en el seno de una familia con influencias políticas (sí, suena irónico que el maligno acabe metido en política).

Aunque le explican cómo tiene que acabar con el demonio, Gregory Peck se queda congelado ante la mirada inocente de Damien, seguramente preguntándose cómo puede ser que el mal tenga cara de niño.