martes, 29 de junio de 2010

MUERTE TEMPRANA

Sí, reconozco ser un admirador de Bruce Lee, me gustan sus películas y sigo su filosofía desde hace tiempo. He admirado su capacidad de entrenamiento y sacrificio desde siempre. Entrenaba unas 8 horas diarias a un ritmo vertiginoso. Además, y cómo no, para los que somos bajitos, también es de tener en cuenta que una persona de 1,67 metros de altura y 59 kilos de peso provocara tanto respeto y fervor con sus técnicas. Bruce murió joven, con tan solo 33 años. Se fue el hombre, nació el mito, como se suele decir. De todas sus películas me quedo con “Operación Dragón”, su último rodaje, pues es de las más entretenidas, aunque la lucha contra Chuck Norris en el coliseo romano con la que concluye “El furor del dragón” es de resaltar como una de las escenas que han pasado a la posteridad en el cine de acción. Era el más rápido, algunos decían que el más fuerte pero, sobre todo, desarrolló su propia filosofía entroncando con el Tao, ya comentado con anterioridad en este Blog. “Be water my friend”. Adáptate, fluye, no seas rígido. ¿Por qué murió tan pronto? ¿Estaba enfermo?, ¿sobreentrenado?, ¿tomó algo que le provocó una reacción alérgica?... Es un misterio.

Podemos unir la muerte de su hijo, Brandon Lee, a estos enigmas. Con 28 años, una bala de verdad se cruzó en le rodaje de “El Cuervo”, la película cuyo título nos recuerda al maravilloso cuento de Poe y que relata una historia entre trágica y bella sobre el amor y la venganza más allá de la muerte. Con una banda sonora para recordar, una estética gótica que estremece, “El Cuervo” deja el corazón helado (quizás no tanto como el poema homónimo, pero estos tiempos son así).

Dureza y flexibilidad, vida y muerte, amor y venganza… Quizás todo en el mundo sea la armonía de los contrarios. Hasta siempre Bruce Lee. Hasta siempre Brandon Lee.

viernes, 25 de junio de 2010

EN LA CARRETERA


Tengo un coche que tiene más de diez años y unos 200.000 kilómetros. Me lo compré a tocateja para poder moverme por motivos de trabajo. Le he cogido cariño. Es un Daewo encantador con matrícula del norte que, cuando acelero, ruge que da gusto en plan “Mad Max”. Pero tranquilos, todavía no me ha dado por vestirme igual que Mel Gibson. Cuando me tiro a la carretera a hacer kilómetros con susodicha máquina, me acuerdo de innumerables libros, pero, sobre todo, de uno: “En la carretera” de Jack Kerouac (1922-1962).
En esta “road movie” literaria me di cuenta, por primera vez, de lo parecidas que podemos ser las personas, a pesar del tiempo y la diferencia de país. Fue con una frase de uno de los personajes. Éste imaginaba, para amenizar su viaje, que cortaba todos los árboles y edificios que veía al pasar con una sierra gigante. Yo, de pequeño, cuando viajaba con mis padres para ver a la familia que vivía fuera del pueblo, hacía lo mismo.
Me imagino ahora, cuando me toca conducir, a todos sus personajes: a Sal Paradise, alter ego de Jack, hablando de sus cosas y a Dean Moriarty, mi personaje preferido, harto de cerveza e intentando componer algún poema. Me imagino recorriendo miles de kilómetros con esa mezcla de jazz, cerveza y poesía de verso libre sobre la caída de América, al más puro estilo Allen Ginsberg.

La generación beat abrió el paso a muchos movimientos que vendrían a continuación. Por entonces, en la América de los 50, mientras James Dean retaba a macarras a carreras de coche, nuestros beatniks se atiborraban de estupefacientes y hablaban del Karma. Todo tiene su gracia.

Al aparcar el coche, me sigo acordando de la carretera.

lunes, 21 de junio de 2010

ENCUENTROS


Cuando pensamos en viajar al espacio, pensamos en que la vida se debería componer de marcianos cabezones con naves provistas de superarmas láser. Buscamos fuera, algo distinto a la que tenemos aquí, o quizás no tanto.

¿Qué pasaría si, en realidad, lo que nos espera es chocar con nuestros propios recuerdos, nuestros propios miedos, nuestros fracasos? ¿Y si la energía extraterrestre se basara en crear vidas de nuestra propia vida?
Sobre estas reflexiones trata la novela de ciencia ficción “Solaris”, del escritor polaco Stanislaw Lem (1921-2006). Kris Kelvin, psicólogo de la tierra, vuela hasta la estación Solaris para poder aclarar ciertas cosas. Encuentra un ambiente raro, desordenado, sucio y a sus tripulantes totalmente desquiciados. Hay presencias que no deberían estar allí. Presencias creadas por un enorme océano inteligente, el océano de Solaris. Una de esas personas producidas por el ente extraterrestre es la mujer de Kelvin, fallecida a causa del suicidio. Navegando entre la oportunidad de una nueva vida con ella y el sufrimiento de no ser real, el protagonista va atormentándose cada vez más.

Mirar hacia nosotros mismos, ésa es la vida que deberíamos buscar.

jueves, 17 de junio de 2010

TAO


Hay libros que, en épocas de estrés o desasosiego, te trasmiten una calma espiritual necesaria para poder aguantar el tipo. Hace falta, de vez en cuando, relativizar problemas con algo que no sean libros de autoayuda escritos por cualquier iluminado de medio pelo; hace falta volver a los clásicos de toda la vida, los que influyeron a millones de personas.

Entre estos clásicos está el irrepetible “Tao Te King” de Lao Tse. La armonía de los contrarios o nuestra relación con el mundo están expuestas en el Tao. Cómo ha de ser un maestro, un gobernante, un hombre común, se establece asimismo en este breve libro. Entre las muchas cosas que se pueden leer, quizás lo más interesante y, enlazando con la máxima griega del “conócete a ti mismo”, sería la siguiente idea: “Quien conquista a los demás tiene fuerza, quien se conquista a si mismo, es realmente poderoso”.

Desde las artes marciales hasta muchos de los elementos de la vida cotidiana se ven influidos por esta filosofía. Para concluir, transcribo uno de los extractos más bellos:

“El camino claro parece oscuro
El camino progresivo parece regresivo
El camino suave parece abrupto.
La virtud superior parece un abismo
La gran blancura parece maculada
La exuberante Virtud parece incompleta
La virtud establecida parece harapienta
La virtud sólida parece fundida
La gran Cuadratura no tiene esquinas
Los grandes talentos maduran tardíamente
El gran Sonido es silencioso
La gran Forma carece de forma.”


Da que pensar.

domingo, 13 de junio de 2010

SILENCIOS


Uno a veces considera que en la vida se habla demasiado, hay pocos silencios, pocas miradas; interpretamos, cuando lo hacemos, mal las imágenes y, en ocasiones, el lenguaje no verbal no nos dice casi nada. ¿No era verdad que una imagen vale más que mil palabras?

En el cine, hoy mismo me acaba de pasar, acostumbrado como estoy a los diálogos frenéticos de las películas estadounidenses, va y me choco con el cine francés de los sesenta-setenta. La película en concreto se llama “Serie negra” y está dirigida por el director Jean-Pierre Melville (1917-1973). Como protagonista, Alain Delon haciendo del comisario Coleman. Por otro lado, una serie de gansters atracadores de bancos integrada, entre otros, por un subdirector de banco con 60 años y en paro (sí, por entonces también había crisis) y el dueño de un garito de variedades cuya mujer, protagonizada por Catherine Deneuve, resulta que tiene una relación con nuestro amigo el comisario. Excelente.
Otra película de Melville que recomiendo es “El silencio de un hombre”, cuyo título en francés me gusta más: “Le samourai”. Esta vez, Delon encarna al asesino Jef Costello. En ambas se habla poco; tienes que ver, quedarte con los detalles, observar más que oír los diálogos. Son dos joyas del cine que merece la pena ver.

La ausencia de ruido se cierne sobre todos: silencio, se rueda…

viernes, 11 de junio de 2010

TRANSFORMACIONES

En la vida la imagen es importante: lo que entra por la vista crea ideas preconcebidas y está estudiado que esto favorece o perjudica a la persona. A veces, uno se imagina qué pasaría si, de golpe, se convirtiera en un monstruo rechazado por todo el mundo, como el “hombre elefante”, pero con la suficiente inteligencia como para darse de cuenta del drama.

Desde luego, en la literatura, la mejor metamorfosis es la de Franz Kafka (1883-1924). El protagonista, Gregorio Samsa, se levanta transformado en una especie de escarabajo. Con sentimientos de sobra humanos y reflexiones sensibles y lúcidas, vive la tragedia de ser evidentemente rechazado por una familia dependiente de su sueldo como comerciante de telas. Recuerdo que la escena que más me conmovió fue aquélla en la que la hermana del protagonista estaba tocando el violín y Gregorio, al escuchar la bella canción, intentó salir a escucharla; él sí disfrutaba de la música. En una habitación con huéspedes, se puede sospechar lo que pasó al ver a la criatura.

Cuando uno termina de leer este libro, se plantea aquello de que la belleza interior no es más que un consuelo.

martes, 8 de junio de 2010

AMOR JOVEN


Primero con la llegada de la primavera y, luego, con el devenir del verano, da la sensación fehaciente de que estamos más predispuestos a que esas sustancias químicas que nos hemos encargado de llamar Amor, hagan sus estragos. No comer, no dormir, llorar en ocasiones, ruborizarse y un largo etcétera de estados alterados de conciencia. A veces sale bien y algo de felicidad nos abruma y, otras, el dolor se hace tan insoportable como un hachazo en la cabeza. Al fin y al cabo, la vida y cuestión de contrastes.

Sobre el amor y la pérdida de éste, en una edad tan propia para estos sentimientos como la adolescencia, trata el libro de Kyoichi Katayama, cuyo título es uno de los más bellos que por ahora he podido encontrar: “Un grito de amor desde el centro del mundo”. Aunque no es de lo mejor que he leído, sí provoca un escalofrío por la columna vertebral conocer la historia de dos jóvenes adolescentes que se aman desde la niñez y que ven cómo, de golpe, una enfermedad brutal arrasa la vida de ella. No he adelantado mucho, porque empieza así, contándolo sin dilaciones. El final lo guardo para el que esté interesado, porque seguramente es la mejor parte.

Desde luego, amor y desamor siguen siendo material para muchas obras de arte.

domingo, 6 de junio de 2010

ISLAS Y CIVILIZACIONES

Que el ser humano es menos civilizado de lo que nos creemos no hace falta que lo diga yo, sólo basta con seguir las noticias. Sin embargo, alguien puede decir que hemos evolucionado con respecto a la que pasaba por aquí hace dos mil años. Eran otros tiempos, lo que me hace pensar que el grado de civismo es relativo a las circunstancias que se vivan. Uno puede ser pacífico toda la vida hasta que, de golpe, explota. Basta que nos cambien de zona, de ambiente y nos pongan en tensión para que la parte animal se superponga.


La televisión ha puesto de moda meter un montón de famosos en una isla para que la gente se ría de las penurias que pasan. En esto no me voy a parar mucho, pero nos retrata un poco esa dicotomía sádica entre irse a una isla a ganar dinero o partirse de risa y darle audiencia. Otra isla mucho más interesante es la Isla de “Lost”, a la que ya le dediqué un espacio. Hoy me centraré en uno de los libros de referencia de la serie: “El Señor de las moscas”, del escritor británico William Holding (1911-1993). Un avión se estrella con un montón de niños ingleses como supervivientes. Como no saben bien qué hacer y en esos momentos de vacío existencial siempre se necesita alguien que mande y tome decisiones, eligen a un guaperas como líder para que los guíe. Su nombre es Ralph. A todo líder se le junta alguien muy inteligente, pero inútil en cualquier trabajo manual, a la vez que patoso y torpón en las labores básicas de supervivencia: ése es Piggy (cerdito). Aquí no acaba la cosa, a todo líder le surge el antilíder o, digamos, líder malo, violento, ávido de poder… Éste es Jack, representante de los cazadores. Entre las tensiones de la búsqueda de comida, agua y el miedo propio de los niños a vivir en la isla, se suma la incapacidad para ponerse de acuerdo a la hora de trabajar. Cada vez que Ralph toca la caracola, símbolo de “vamos a reunirnos”, todo el mundo está de acuerdo en la organización de las tareas pero, a los cinco minutos, cada uno se dedica a lo suyo, que no es otra cosa que no hacer nada. Muchas reuniones y poco trabajar es un lema que podría extenderse al sistema económico de la vida moderna. Evidentemente la cosa no pinta nada bien.

¿Cómo nos las arreglaríamos para sobrevivir si no estamos acostumbrados a cooperar? La supervivencia animal se basa en la ley del más fuerte. Se supone que el ser humano vive por la existencia de la cooperación y la inteligencia, ¿o no?

sábado, 5 de junio de 2010

GENIO Y LOCURA


Casi todos lo genios están locos. Esta afirmación recorre el mundo, junto con la de que todos los poetas son alcohólicos y/o drogadictos. No paramos de ver excentricidades en grandes escritores y artistas, algunas de las cuales incluso nos parecen demasiado raras hasta para ellos, véase Dalí. Sin embargo, hay algo de verdad en estas afirmaciones, ya que a veces la gente con un exceso de genio tiende a sentirse vacía, inmersa en la realidad que le ha tocado vivir. Me pasa hasta a mí, que soy la antítesis de un genio.

Sobre locura y genialidad, entre otros aspectos de la vida, trata el genial relato de Chéjov (1860-1904) “El monje negro”, insertado en su libro “La señora del perrito y otros cuentos”. Un joven estudioso y virtuoso llamado Kovrin, arriba a un caserío fantástico donde un padre y su hermosa hija Tanya viven. Entre las obsesiones del padre está mantener el huerto siempre perfecto y, entre las del joven, progresar en sus estudios. Por falta de sueño y exceso de trabajo, el joven empieza a notarse raro, tan raro que se le aparece de vez en cuando un monje vestido de negro. Éste siempre le dedica palabras de ánimo, le exhorta a continuar su obra, lo llama el elegido de Dios. Cuando el joven, ya en relación con la hija del dueño del caserío, despierta una noche para hablar con el monje, no podía esperarle algo peor. Su mujer se da cuenta de su locura y lo obliga a tratarse médicamente. Todo el genio, toda la fuerza del joven desaparece. Comienza una enfermedad rara que le hace sangrar por la garganta. Menosprecia e insulta a todo el mundo; era más feliz con sus alucinaciones, así que se marcha de la casa. Al cabo de los años, ya en compañía de otra mujer, lee una carta de Tanya en la que le culpa de la muerte de su padre. En esto, empieza a sangrar de nuevo y cae al suelo. He decidido transcribir literalmente el final del libro, porque es de una belleza increíble:

“Llamaba a Tanya, llamaba al enorme jardín de espléndidas flores salpicadas de rocío, llamaba al parque, a los pinos de raíces peludas, al campo de centeno, llamaba a su ciencia prodigiosa, a su juventud, a su intrepidez, llamaba a la vida que era tan bella. Vio en el suelo, ante su misma cara, un gran charco de sangre y, de pura debilidad, no pudo articular una sola palabra. Pero un júbilo infinito invadió todo su ser. Bajo el balcón tocaban una serenata, y el monje negro le susurró que era un genio y que moría sólo porque su mísero cuerpo mortal había perdido el equilibrio y ya no podía servir de sustentáculo al genio.
Cuando Varvara Nicolayevna despertó y salió de detrás del biombo, Kovrin había muerto. Pero en su rostro había quedado petrificada una sonrisa de suprema felicidad.”


Sobran las palabras.

martes, 1 de junio de 2010

CREER EN ALGO


Los que no creemos en casi nada lo tenemos crudo. Sin quererlo, nos cuesta identificarnos con alguna fiesta religiosa, acontecimiento deportivo o, simplemente, algún movimiento en torno a alguna idea o fe. Esto, al fin y al cabo, nos aísla y nos hace parecer ante mucha gente como huraños-radicales-protestones-ateos-demediopelo. Así es la vida.

Sobre la necesidad que tienen las personas de creer, más allá de que esas creencias sean verdaderas o falsas, trata el libro “San Manuel Bueno, Mártir”, de nuestro maestro y genio Miguel de Unamuno (1864-1936). San Manuel, ejemplo de soldado de la iglesia y de la caridad cristiana, conocido en toda España, tiene una crisis de fe. Al comentárselo a un joven de su pueblo, Lázaro, éste, venido de las Américas con espíritu escéptico, no puede creer lo que escucha. Mucho menos su hermana, crítica y de creencias fervorosas. Sin embargo, San Manuel los convence de seguir defendiendo la religión a pesar de las dudas ¿Cómo? Apelando a que todos necesitan creer en algo y que la vida sería más dura para la gente de su pueblo si no encontraran el consuelo que ésta aporta.

¿Necesitamos creer en algo? No lo sé, pero quizás el sosiego que provoca no temer a la muerte, tener el espíritu calmado ante las tentaciones de la vida y la mente clara pueda suponer atractivo para creer.

Aún así, seguiremos siendo escépticos, seguiremos cuestionando la vida.