miércoles, 28 de abril de 2010

Esa extraña cosa llamada memoria: Viendo Memento, de Cristopher Nolan

¿Qué pasaría si no fuera capaz de almacenar nuevos recuerdos?, ¿si cada día fuera totalmente nuevo? Me lo planteo con frecuencia; no recordar mi casa, ni el trabajo, ni las personas que voy conociendo. Estas ideas son base fundamental de la extraordinaria película “Memento”, dirigida por el director Christopher Nolan. Leonard, buscando al asesino de su mujer, se tatúa nombres, fotografía lugares, coches… Es incapaz de recordar nuevas cosas desde que tuvo ese accidente.

Narrada “hacia atrás”, provoca un gran desasosiego. Dando saltos de un lado hacia otro vemos cómo Leonard es manipulado y engañado trazando caminos que no sabemos hacia dónde lo llevarán. “Hechos, no recuerdos. Los recuerdos son subjetivos”, dice el protagonista. Su obsesión por encontrar al que mató a su mujer es, quizás, lo único que lo mantiene con vida.

Sobre la memoria y sus entresijos es necesario comentar el libro que más me gusta del escritor Ray Loriga, titulado “Tokio ya no nos quiere”. En éste, un camello que vende la nueva droga del milenio, erosionadores de memoria, surca las ciudades de este nuestro planeta. Estas sustancias centran sus efectos en eliminar aquellos recuerdos que se desean sin, supuestamente, alterar el resto. “Es el recuerdo, y no el olvido, el verdadero invento del diablo”, comenta el personaje principal. Atiborrado por la química que él mismo vende, termina destrozándose el cerebro y, al igual que Leonard en “Memento”, desemboca en la imposibilidad para poder crear nuevos recuerdos. Aún así, y es mi sensación, no consigue eliminar ese desaliento. Ni toda la química del mundo lo puede conseguir. Auténtica poesía en prosa.

¿Querríamos esos erosionadores de memoria?

Poder olvidar los malos momentos y quedarnos con lo bueno. O quizás eso no sería suficiente.

lunes, 26 de abril de 2010

POR EL DESIERTO…

Cerca como estoy del desierto de Tabernas, hoy no me he propuesto hablar de las películas de Sergio Leone que tanto admiro. Cierta iluminación chamánica al sentarme en el salón del piso y ver el mar a lo lejos me ha llevado a reflexionar. No me considero Don Juan Matus, el chamán que encontramos en los libros del (desde mi punto de vista) misterioso y, a la vez, fascinante Carlos Castaneda, sino que me ha dado por ahí. Este escritor y antropólogo peruano, cómo he comentado rodeado por el misterio (algunos dicen que no se conoce aún el rostro del que, basándonos en datos de la Wikipedia, nació en 1935 y murió en 1998) lanzó su primer libro, “Las enseñanzas de don Juan”, en 1968, convirtiéndose en un best seller de la contracultura. Esta obra nos describe las experiencias de Castaneda con las sustancias alucinógenas que le proporcionaba el mencionado Don Juan Matus, chamán del desierto de Sonora. Embaucado en un combate constante por convertirse en hombre del conocimiento, las aventuras continuaron en tres libros más: “Una realidad aparte”, “Viaje a Ixtlan” y “Relatos de poder”.

Si es verdad o no lo que cuenta, no me interesa mucho: me gusta lo que leo. Sus diálogos, la lucidez del viejo chamán, su actitud y sus frases. Dejo estos fragmentos para la reflexión:

“Antes de embarcarte en cualquier camino tienes que hacer la pregunta: ¿tiene corazón ese camino? Si la respuesta es no, tú mismo lo sabrás, y deberás entonces escoger otro camino.” Las enseñanzas de Don Juan

“ […] un hombre de conocimiento vive de actuar, no de pensar en actuar, ni de pensar que pensará cuando termine de actuar.
Por eso un hombre de conocimiento elige un camino con corazón y lo sigue: y luego mira y se regocija y ríe; y luego ve y sabe. Sabe que la vida acabará en un abrir y cerrar de ojos; sabe que él, así como todos los demás, no va a ninguna parte.” Una realidad aparte.

Muchas más citas tendríamos que exponer, pero creo que será mejor que cada uno las lea por sí mismo en sus libros. Al fin y al cabo, sólo soy un humilde divulgador.

De nuevo me acuerdo del desierto y de las películas de indios y vaqueros, y de los chamanes y de los coyotes. Se vislumbran muchos caminos. ¿Cuál escoger?

viernes, 23 de abril de 2010

El humo de un cigarrillo en el día del Libro.

Hace tiempo que dejé de fumar. Mis bronquios asmáticos no admitían más caladas sin protestar intensamente cortándome la respiración. Todos los días me acuerdo de algún cigarrillo, con nostalgia y alivio quizás. Todo esto viene a colación de que hoy, día del libro, me he comprado un cómic de John Constantine, el ilustre personaje creado por Alan Moore para “La Cosa del Pantano” y que, hace tiempo, vuela solo por la delgada línea del bien y del mal. Constantine es un fumador empedernido, probablemente para soportar la ansiedad de ver tantos demonios sueltos. Ataviado con su gabardina, su traje, su corbata y su pinta a lo Sting resulta de lo más curioso. Una mezcla de mago detectivesco sacado de los extrarradios de la Gran Bretaña. Me gustan todos los números que he leído, pero especialmente recomiendo los guionizados por el norteamericano Brian Azzarello, autor también de “100 balas” (maravillosa obra, por cierto). Cada vez que veo a Constantine me dan de sacar un Ducados y llevármelo a la boca. El dulce placer de dejarme la garganta entre bocanadas de monóxido de carbono.

Pero es que en el arte es difícil escapar del tabaco. Qué gran actor Humphrey Bogart, que no paraba de fumar y beber en todas sus películas. La niebla que inundaba el café que regentaba en Casablanca es un auténtico clásico. Sentado en unas de sus mesas, al lado de una copa de coñac, el camarero le dice a nuestro héroe sirviéndole una copa más: “Señor Rick, se está convirtiendo usted en su mejor cliente”. Increíble. No se puede entender el blanco y negro sin los cigarrillos.

Menos mal que tenemos el cine, los libros y los cómics; por lo menos nos podemos conformar con sumergirnos en otra realidad por momentos y esperar a que la vida pase, como esos cigarrillos que espero no volver a probar.

miércoles, 21 de abril de 2010

REALISMO SUCIO

Hace algunos años ya, saltándome las habituales clases de la universidad, me paseé por la antigua, y ya cerrada, librería Urbano en Granada. Deambulando por los pasillos me topé con un libro increíble de un escritor que me ha interesado desde entonces. El título en cuestión era “La senda del perdedor”, del escritor norteamericano de origen alemán Charles Bukowski (1920-1994). Fue como un puñetazo en el estómago, dinamita pura para las buenas conciencias del sueño americano, un vómito en toda la cara de los bienpensantes. Considerado símbolo del “realismo sucio”, alcohólico, amante de las carreras de caballos, te hace estremecerte o reírte, emocionarte o volverte un cínico.
Su infancia fue dura, debido al maltrato y a una enfermedad que le deformó la cara y que describe en “La senda del perdedor” con una sequedad cortante. Estuvo marcado de por vida y separar su vida de su obra es ya difícil.

Vinieron muchos libros más que devoré con ansia liberadora: “Música de Cañerías”, “Mujeres”, el poemario “Madrigales de la pensión”... Seguramente a mucha gente no le gustará, pero quizás ese nihilismo que se te agarra a la garganta puede servir, cómo no, de catarsis en estos tiempos de crisis colectiva en la que parece que hemos descubierto de golpe las miserias del mundo moderno.


Recuerdo versos como “Bajo la lluvia blanca espero cuchillos como tu lengua” o “Prácticamente hablando, las grandes palabras de los grandes hombres no son tan grandes” y vuelvo a tener ganas de leer y leer y leer a Bukowski para volver a reírme del mundo.

sábado, 17 de abril de 2010

EL HORROR….

En el cine siempre hay imágenes que se te impregnan en la retina y se quedan contigo hasta que dejas de existir o hasta que la memoria ya no te permite evocar viejos recuerdos fabricados en el celuloide. Una de tantas, en mi caso, es la de Martin Sheen en Apocalipsis Now, con fuego de guerra y música de los Doors, concretamente The End. O mi preferida, también de la misma película: la escena en la que Robert Duvall ordena bombardear una playa para que ellos puedan surfear y, una vez arrasada, se detiene y dice: “¿Hueles eso muchacho?, ¿lo hueles? Es napalm. Qué delicia oler napalm por las mañanas. Una vez, durante doce horas, bombardeamos una colina y, cuando todo acabó, subí. No encontramos ni un cadáver de esos chinos de mierda. Qué pestazo a gasolina quemada. Aquella colina olía… a victoria. Un día esta guerra va a terminar”. Pone los pelos de punta.
Esta obra maestra del séptimo arte, dirigida por Coppola, se basa en el libro El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Ambientada en el Congo colonial de finales del siglo XIX y principios del XX, narra las aventuras de un marinero -Charlie Marlow- cuya misión consiste en ascender en barco por el río Congo con el objetivo de encontrar a Kurtz, jefe de una explotación de marfil. En la película, Kurtz es interpretado por Marlon Brando, tremendamente gordo y rapado al cero, que aparece sumergido entre sombras en un poblado plagado de cabezas cortadas y rodeado de gente que lo idolatra con voces apagadas. El Horror, el Horror… Palabras emitidas y que se han convertido en todo un grito descorazonador.


El desastre de la guerra en la película, el desastre de la colonización llevada a cabo por Leopoldo II de Bélgica en la novela te obliga a hacerte muchas preguntas. ¿Quiénes eran los civilizados? ¿Quiénes, los enemigos?


¿Hueles eso muchacho?, ¿lo hueles? Es napalm….

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martes, 13 de abril de 2010

CRIMEN Y CASTIGO

Obsesionados como estamos en estos tiempos postmodernos por no ver ninguna película que tenga una antigüedad superior a seis meses y por no bajarnos del tren de la última novela convertida en best seller, que seguramente se olvidará dentro de dos años, es un gusto recordar al gran Fiódor Dostoyevski (Moscú, 1821 – San Petersburgo,1881). Cómo llegué a sus libros es un misterio para mí, pero lo cierto es que cuando me aventuré a leer Crimen y Castigo viví una de las mejores experiencias delante de un libro. El conocimiento del alma humana, el análisis de una época convulsa en pleno siglo XIX y, cómo no, el atormentado y genial personaje Rodion Raskolnikov son características fundamentales de esta obra maestra. No se me olvidará la escena (la recuerdo perfectamente, como si fuera una película) en la que el protagonista, que sólo estudió primero de derecho, que no trabajaba ni hacía nada más, se presentó ante un grupo de personas como “Raskolnikov, ex estudiante”; o esa parte en que el autor, hablando de un personaje dantesco que pertenecía a un movimiento político con cierto prestigio, comentaba: “ Ésta es la clase se persona que es capaz de destrozar el ideal más noble”. ¿No hemos pensado alguna vez eso de alguien?

Comparando su crimen con los cometidos por Napoleón, el protagonista se ve envuelto en una enfermedad cada vez mayor. Seguramente, es el mejor libro que he leído.

A mi memoria me viene igualmente otro libro del genio: El Jugador. Dostoyevski también lo era y, de hecho, escribió el libro para saldar ciertas deudas de juego. La tensión, el nerviosismo, el decir mañana no juego más, el meterte en la piel de un jugador durante los días o las horas que dura el relato, son las sensaciones que provoca esta otra obra del maestro ruso.

Émile Michel Cioran, excelente pensador franco-rumano y al que dedicaremos algún artículo, dijo que se leía para conocerse a sí mismo. Leer a Dostoyevski es aprender del género humano.

domingo, 11 de abril de 2010

Homeradicto

Lo confieso, no hay un personaje de ficción que me alegre más el día que Homer Simpson. Algunos ven un idiota bonachón que representa todos los cánones del estadounidense medio. Yo veo a un tipo que adapta la realidad a su mundo particular. Que quiere ser rockero, se hace rockero; que quiere ser hippy, pues no le hace falta convertirse mucho puesto que, en palabras de su hijo Bart, ya es sucio y demagogo. Cuando me pido una cerveza en algún bar, me acuerdo de la Duff y si veo a algún parroquiano colgado de la barra, de Lenny, Carl y Barnie. Que me hablan de jefes- empresarios sin escrúpulos, me viene a la cabeza el señor Burns y su aguileño rostro vampírico. Pero la cosa no queda aquí; que vemos corrupción en los periódicos, tenemos al alcalde Quimby, corruptus in extremis. Por no hablar de todo el abanico del colegio de Springfield con sus abusones, sus empollones y su director Skinner, parodia del malo de Psicosis y algún sargento antiguo del Vietnam.

Capítulos como el del día en que Homer comienza a fumar marihuana terapeútica son mezclados con otros un poco más tiernos, como el de la muerte de la mujer del vecino beato Ned Flanders o, por poner otro ejemplo, aquél en el que la madre de Homer reaparece tras llevar muchos años huida de la justicia. Bueno, y esto me recuerda al abuelo Abraham Simpson, auténtico idiota en palabras de los personajes, que también me emocionó en el capítulo en el que, no recuerdo bien, le tocó una fortuna en la lotería o le vino una fuerte herencia y no sabía que hacer con el dinero. Recomendado.

De la ironía y de la crítica de las mentes brillantes de los guionistas, empezando por su creador Matt Groening, no se salva nadie: Iglesia, Estado, política, medios de comunicación -incluida la propia cadena Fox, productora de estos dibujos y que se caracteriza por tener una ideología abiertamente (ultra) derechista. Son cosas que sólo pueden pasar al otro lado del continente.

No paro de acordarme de capítulos, pero mejor dejamos más material para próximos artículos.

Larga vida a Homer.

lunes, 5 de abril de 2010

SENSEI

Hace algunos meses tuve la suerte de encontrarme, como en otras ocasiones me ha pasado con otros autores, con el escritor japonés Natsume Sōseki (1867 - 1916). Lo conocí gracias a Sánchez Dragó, que le puso Soseki a su desaparecido gato y que ha publicado un libro con similar etiqueta como título. Sólo he leído por ahora una de sus joyas literarias, Kokoro, pero cada línea me ha impactado. Kokoro, que significa corazón, sentimiento, narra la historia de un chaval joven, estudiante universitario, y su amistad con Sensei (‘maestro’ en japonés), un hombre taciturno apartado de la vida. Cuántas veces me he acordado de cuando estudiaba en la universidad y cómo, al igual que el protagonista, debía volver al pueblo a visitar a mis padres y, también al igual que él, me suponía profundas reflexiones y a veces no tan profundas volver al que consideraba asfixiante entorno paterno. Son esos personajes con los que te identificas, con los que tienes mucho en común, pero que vivieron hace un siglo. Cuando terminé de leerlo no sé que me provocó más desasosiego, si la tremenda historia allí contada o el no poder conocer al escritor. ¡Joder, quiero ser amigo suyo y que me cuente más cosas! Pero te das cuenta de que sólo queda el papel impreso de sus libros y alguna conversación de café y copa sobre su obra o sus pensamientos en un bar perdido con música asmática y ronca.

Cuando Sensei cuenta en una carta el por qué de su agrio carácter para con el mundo, se te coge un pellizco en la columna vertebral que poco a poco te estremece. Cosas de la literatura.


El recuerdo de haberse arrodillado ante una persona, en un futuro te hace querer pisarle la cabeza. Yo prefiero evitar el respeto de hoy para no recibir el agravio de mañana. Mejor aguantar mi soledad actual y no una soledad futura que sería horrorosa. La gente de hoy, nacida bajo el signo de la libertad, la independencia y la autoestima, debe, en justa compensación, saborear siempre esta soledad.
Yo no tenía palabras que añadir a esto.
Kokoro, Natsume Soseki

sábado, 3 de abril de 2010

ROMANOS

Estudiar sin pensar es inútil. Pensar sin estudiar, peligroso.
(Confucio)



En esta semana en la que parece que el fervor religioso sale disparado por los poros de la piel y empapa a cualquiera que se pase por las calles de alguna localidad española, en la televisión nos siguen deleitando con algunas películas de romanos de las que, reconozco, soy fan. Por la mañana pude reírme con las necedades de Nerón (Peter Ustinov) y su inexistente talento para las artes en el clásico Quo vadis?; además de deleitarme con el cinismo mordaz de su consejero Petronio (Leo Genn), mi personaje preferido en esta extensa película. Mediante la dialéctica se llevaba al majara emperador a su terreno; cuando no pudo ser así y se dio cuenta de que había perdido, reunió a sus más cercanos amigos para despedirse de esta vida. “No sólo hay que saber vivir, también hay que saber morir”, le dijo a su esclava, enamorada de él y futura heredera si no llega a ser porque prefirió suicidarse también. La figura del gobernante rodeado de pelotas es común en la historia, y de algunos que se creen artistas, también. Para desviar las culpas del incendio de Roma se busca a un enemigo, por aquel entonces los cristianos. En nuestra historia contemporánea fueron los judíos, los comunistas, los liberales… El eterno retorno.

Luego, por la tarde, qué mejor que ver una película de Stanley Kubrick protagonizada por el excelente Kirk Douglas: Espartaco. Con diálogos menos irónicos que Quo vadis?, a mi humilde entender, las luchas de poder también son típicas. El senador Craso (Laurence Olivier) buscando instaurar una dictadura en nombre de la patria, usando el soborno y cualquier peripecia para ello; enfrente, otro senador, Graco (Charles Laughton), cuyas palabras más o menos textuales, hablo de memoria, de prefiero una república corrupta que asegure la libertad para el pueblo, antes que la dictadura que pretende instaurar Craso, me hicieron gracia en estos aciagos tiempos de corrupción política. El mundo está lleno de salvapatrias.
Al final, el poder se impone, y la rebelión de los esclavos queda reprimida de la manera más sutil que sabían los romanos, crucificando a todo el que se ponía por delante.

A veces me paro a pensar en la cantidad de sangre derramada en nombre de la libertad, libertad física para poder ser considerado humano. Ahora la libertad es llegar a la casa ciego de todo a las siete de la mañana y haber molestado al vecindario. Será que hemos evolucionado.