martes, 18 de mayo de 2010

¿QUIÉNES SOMOS? ¿DE DÓNDE VENIMOS? ¿ADÓNDE VAMOS?

Las preguntas que tradicionalmente se planteó la filosofía siguen todavía sin responderse o, por lo menos, no para satisfacer a la mayoría de nosotros. Cada día desencadena, entre el estrés de la vida moderna y el espejismo de la cotidianeidad, una serie de reflexiones obligatorias: ¿es esto para lo que estoy programado?, ¿puedo cambiar?, ¿cuánto me queda?

En la obra maestra de Ridley Scott, “Blade Runner” (1982), basada en el libro de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, se plantean esta serie de cuestiones en los replicantes, robots muy semejantes a los humanos y creados para servir a éstos últimos. Al cabo de los años, estos replicantes son conscientes de sí mismos y pueden volverse peligrosos; por ello y para evitar problemas, sólo viven cuatro años. Cuando un replicante se escapa, se da orden de eliminarlo, tarea para la cual se cuenta con una policía especial: los Blade Runners. En la película se escapan cuatro que, entre otras cosas, buscan respuestas para sí mismos. Cuando el jefe de ellos, interpretado por Robert Hauer, encuentra a su creador, le pregunta por qué morir, por qué no seguir viviendo. La respuesta es tan buena como la pregunta: la luz que alumbra más vive menos.

En un ambiente apocalíptico y futurista, en un barrio asiático de los Ángeles, lloviendo todo el rato, con la inmejorable música de Vangelis, Harrison Ford, el Blade Runner que persigue a estos prescritos, termina, frente a frente, observando a Robert Hauer. Éste, con una paloma en la mano y antes de morir, pronuncia unas de las palabras más emocionantes de la historia del cine para mí. Para concluir os dejo el vídeo.







Simplemente, sensacional.

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